casilda sanchez
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El conjunto de mi trabajo forma parte de una investigación en curso sobre la experiencia de la mirada como herramienta de comunicación, nuestra dependencia en ella, su realidad física y su papel como conector de intimidades compartidas.

De algún modo, todos somos voyeurs, o por lo menos, yo ahora sé que lo soy. Siempre me ha interesado observar la intimidad de los demás, si eso a lo que denominamos intimidad puede ser susceptible de ser mirado. Creo que la intimidad es algo que – cuando existe y tiene lugar– debe de ser aprehensible, y es con esa idea, con la que salgo en su búsqueda. La intimidad no está vinculada al individualismo, sino a aquel pliegue en el que me relaciono con mi persona y con los otros. José Luis Pardo, en su ensayo La Intimidad, señala que “No hay mayor intimidad que la compartida”. En mi obra examino comunidad e intimidad como una pareja de comportamientos dispares que parten de un mismo camino, comparable al famoso dúo público/privado en términos de la particular relación que se establece entre sus partes. Dicotomías que no sólo no son excluyentes, sino complejamente complementarias.

Estoy interesada en el ejercicio del voyeurismo como acto de penetración en el espacio ajeno, y atención minuciosa al espacio personal del “otro”, entendiendo el concepto del “otro” en términos lacanianos cuando éste afirma que el proceso de identificación del “otro” con el “yo” es el que conforma nuestra identidad, o en palabras de Rimbaud “Yo soy un otro”. La vista pudiera no ser el mejor sentido para comprender y explorar la intimidad –pensemos en el poder del tacto, el olfato, el gusto o el oído–, pero teniendo en cuenta el predominantemente régimen escópico en el que hoy en día vivimos, dónde la ciencia y el conocimiento están basados en la observación óptica, la posibilidad de explorar de qué manera se puede estudiar la intimidad –que no privacidad– por medio del uso de la mirada, se torna una cuestión enormemente motivadora y relevante.

Estas cuestiones me han llevado a considerar cómo seria posible alcanzar una intimidad por medio de la mirada. Inmediatamente se plantea la siguiente paradoja: ¿Cómo es posible que me esté convirtiendo en voyeur para “ver” la intimidad y compartir el espacio personal de otra persona, si la intimidad supone relación y comunidad, y la ecuación voyeur contiene distancia y separación?

En la vídeo instalación y fotografías tituladas “As Inside as the Eye can See” planteo una situación absurda, llevada al extremo, en la que la avidez de llegar a “ver” algo, de entrar a través de la mirada en otra persona y ver su intimidad, o establecer un espacio íntimo con la mirada, se vuelve un acto inútil, pues es precisamente la eliminación de la distancia lo que nos impide ver. Nos encontramos por tanto atrapados en la paradoja, tan cerca pero incapaces de ver mas que una imagen borrosa. La mirada abandona entonces su función óptica para transformarse en un sentido háptico, percibiendo al otro no a través de la vista, sino por el roce entre las pestañas. La imagen resultante encarna a un ojo que late, toca y se relaciona íntimamente.

Se convierte de ese modo la distancia en el elemento clave a través del que explorar las dicotomías de la mirada: la distancia que mantenemos con el sujeto mirado, la distancia a la que nos atrevemos a observar la naturaleza de dicha observación, la distancia que necesitamos para comprender, o la distancia que necesitamos para sentir, entre otras.